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Un salto en el tiempo

Repasó todas las cosas que llevaba en la mochila una vez más: dos botellas de agua potable, un pack de comida deshidratada, un par de barritas energéticas, linterna, cámara, batería de repuesto, impermeable y tres cápsulas de salvamento. Por si fallaba la primera y, por qué no, por si fallaba también la segunda.

Se cargó todo el equipo a la espalda y se ajustó la gorra para que la visera le tapase bien el sol cuando saliese fuera de casa. Llevaba como siempre su melena castaña suelta y el uniforme militar como el que disponían todos, siempre y cuando pertenecieses al personal de reconocimiento o de combate. Natalie no pertenecía a ninguno de ellos, pero sí su padre.

Hacía tres saltos que había desaparecido, lo que en el tiempo de contar antiguo sería casi dos semanas. Dos largas semanas en las que no habían recibido una triste interferencia sobre su posición. ¿Y si se había perdido en el tiempo? ¿Y si no era capaz de encontrar el click que le devolviese a casa? El general no quiso enviar una patrulla porque según él su padre era un desertor y había salido sin permiso. Pero cuando tu hija pequeña está enferma haces lo que sea para salvarla. Eso hizo él. Aunque si ahora viese a la pequeña Analise postrada en la cama sin poder moverse tal vez se lo pensaría para no dejarla sola, pero algo tenían que hacer.

Natalie no quería dejar a su hermana, pero confiaba en poder encontrar a su padre lo suficientemente rápido como para llegar a tiempo. Y esperaba hacerlo también con las medicinas. Así que una noche robó uno de los uniformes de guardia de la caseta principal y algunos víveres cuando se acercaba el salto por donde se fue su padre.

Era el del camino del norte, el que conectaba con la calle 26 de Manhattan del 1 de noviembre del 2035. Allí se creó uno de los primeros click con el pistoletazo de salida de la carrera en honor a los veteranos. Fue la primera vez que el mundo se dio cuenta de que no había ningún pájaro en el cielo, fue la primera mañana sin gorriones picoteando pan en entre las mesas de las terrazas, ni una paloma cruzando el parque con el alboroto de la gente.

Todos los científicos del mundo intentaron buscar una respuesta lógica a que la mitad de los animales desapareciesen de la noche a la mañana en diversas zonas. Una bomba nuclear, el cambio magnético de los polos. No hubo nada. El desconcierto duró hasta que en el 2039 unas pruebas nucleares crearon otro click en el desierto de Mojave. Los valientes que cruzaron el salto volvieron locos, congelados por el frío y balbuceando cosas sin sentido. Hubo muchos más que intentaron investigar lo sucedido, muchos años, muchas décadas.

Natalie sorteó la patrulla y se internó en el bosque, yendo junto al camino de tierra que conectaba con el salto. Estaba totalmente vacío y sin vigilancia a primera hora del día porque no se encontraba en el programa de reconocimiento. Esperó agachada hasta que llegó la hora: las 11 de la mañana, el pistoletazo de salida.

Un portal se abrió delante de ella, un pequeño agujero negro que fue agrandándose poco a poco. De bordes irregulares, como una brecha que deformaba el espacio a su alrededor a medida que se expandía. Se caló bien la gorra, sujetó con fuerza las asas de la mochila y entró a paso decidido con los ojos bien cerrados.

El primer pie pisó el asfalto y entonces abrió bien los ojos, encontrándose la larga avenida completamente vacía. El cartel de la marcha de veteranos parecía carcomido por el tiempo, las farolas estaban oxidadas y una capa de arena cubría la calle. Fue entonces cuando notó que algo iba mal, que no funcionaba como debería y fue en aquel momento cuando se dio cuenta del por qué su padre no había regresado. Se dio la vuelta, esperando ver aún el portal abierto por donde regresar, pero en cambio se encontró un grupo de tres militares que la apuntaban directamente.

-¿Eres Natalie? -preguntó una mujer que parecía al mando. Asintió-. Bien, la capitana Analise te está esperando, vamos.

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El buey

Es obstinado, sigue ahí día y noche trabajando la tierra sin un amo.

No descansa, aunque todavía nadie le ha dicho que lo haga.

Como abejas a la miel, el pueblo no dejaba de observarlo.

Tenían miedo. ¿Qué hacía?

Al final uno a uno fue cruzando la valla hasta llegar al otro lado.

Tomaron arados improvisados y acompañaron al animal en su tarea.

Unos dicen que el buey que apareció en el campo les ayudó a sobrevivir ese invierno.

Otros dicen que no había ningún buey.

De una forma o de otra para muchos ese animal significó el trabajo duro y todo el esfuerzo conseguido.

Por eso, mil años más tarde, su estatua sigue en pie para recordarlo.

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La emperatriz dragón

Seguía igual de nerviosa que el primer día. Había pasado ya una semana y aún no se había hecho a los pasillos laberínticos y mucho menos a los jardines que rodeaban el palacio. Caminaba siempre torpeza y con prisas en cuanto nadie la veía, pero se detenía en seco cuando se cruzaba con algún que otro sirviente pareciendo que controlaba la situación. Todavía no había visto al emperador, quien según le dijeron la había escogido especialmente. Tal vez se lo decían a todas, para que se sintiesen especiales. Era la concubina del emperador, una de tantas, como las otras siete jóvenes muchachas que esperaban en el harén.

Después de ayudar con algunos quehaceres de palacio, limpiar sus ropas, practicar en el arte de la cocina o el bordado, todas esperaban la visita del mensajero del emperador y cada noche una de ellas salía de la sala común para volver a la mañana siguiente. Todas, menos ella. No se sentía especial en absoluto, tan solo una sirvienta más, torpe y abandonada al fracaso con tan solo diecisiete años. Una deshonra para su familia, si es que alguna vez sabían de su situación fuera de las murallas.

Esa noche la puerta se abrió como siempre y llamaron a Gina, lo cual no le sorprendió y continuó con la vista distraída en un rincón de la pared. Hasta que escuchó su nombre: Kaida. Nunca habían llamado a dos al mismo tiempo y los cuchicheos comenzaron a esparcirse por la sala mientras ambas muchachas se ponían en pie. Miró a su compañera en busca de alguna explicación o consejo, pero esta comenzó a caminar detrás del mensajero sin tiempo que perder. Kaida hizo lo mismo, juntando las manos sobre el regazo para andar en silencio por los pasillos.

Los había recorrido cien veces y cien veces se perdería. Antes al menos prestaba atención, pero ahora tenía el corazón tan acelerado que ni se percató de hacia dónde se dirigían. Había recibido unos apuntes básicos, como el resto de las chicas una vez llegaban allí, pero sin pasar tiempo con el emperador no recordaba el protocolo en absoluto. Se detuvieron frente a la puerta de la habitación donde un sirviente abrió para hacer pasar al mensajero y a Gina, pero en cuando Kaida fue a cruzar el umbral la puerta se cerró de golpe y se quedó paralizada en mitad del pasillo.

-Por aquí -dijo una voz a a su derecha.

Giró la cabeza en aquella dirección y vio a otro sirviente que desapareció por el pasillo y, confundida y con miedo a perderse, aceleró para seguir al hombre.

-Disculpe, pensé que iría a…

-No hables -la interrumpió-. No abras la boca hasta ella te lo diga. No te muevas hasta que ella te lo indique. No toques nada hasta que ella te lo permita.

¿Ella? ¿Ella quién? La primera noche que la llaman después de tantos días y seguía teniendo que callar y obedecer sin saber para quién o por qué, y eso la carcomía por dentro. No tardaron en llegar a otra puerta y el sirviente la abrió haciendo una reverencia antes de echarse hacia atrás y dejarla paso. Kaida entró con timidez, con pasos cortos y la mirada fija en el suelo, como le habían enseñado, y tan solo escuchó la puerta cerrándose tras ella.

La sala estaba tan en silencio que casi podía oír el latido de su propio corazón y estuvo tentada de levantar la cabeza para comprobar que no se encontraba sola, pero en cuanto alzó levemente la barbilla escuchó una voz profunda y hermosa.

-No he dicho que te muevas.

Bajó de nuevo la cabeza, rápido, y casi fue a disculparse, pero frunció los labios para no soltar ni una palabra en un descuido. Los minutos pasaron, continuaba el silencio, hasta que escuchó unos pasos y el arrastrar de la tela sobre el tatami dirigiéndose hacia ella.

-¿Sabes por qué estás aquí?

-No, señora, nadie… -soltó levantando la cabeza hasta que volvieron a cortarla y recobró la posición inicial.

-No te he dicho que hables.

¿Para qué preguntaba si no? Respiró hondo y volvió la vista al suelo hasta que observó la tela del vestido justo frente a ella, los bordados de oro y la pedrería. Su corazón se le aceleró aún más incluso en cuanto una mano la tomó de la barbilla y la obligó a levantar la cabeza. Tuvo tiempo en recrearse en cada motivo del vestido, en los dibujos intrincados de los miles de hilos, el rojo fuego bajo un dorado tan intenso que confundió con los ojos de la mismísima emperatriz.

Estaba ahí, mirándola tan de cerca. Su cabello negro como el ébano en un recogido que dejaba a la vista el rostro más hermoso que había visto, blanco como la perl,a y unos labios rojos que podían hipnotizar a cualquier hombre.

-¿No sabes que está prohibido mirarme? -dijo con cierto tono burlón sin dejar de sujetar su barbilla.

Kaida apartó la vista como pudo y entonces se dio cuenta de que había otras dos mujeres al fondo de la sala, quietas como estatuas. Una de ella sostenía una bandeja de oro en las manos, pero no alcanzó a ver qué contenía, y la otra sujetaba un kimono blanco inmaculado.

-Bien -continuó la emperatriz-. Cambiad sus ropas.

No pudo ni replicar ni quejarse y cuando quiso darse cuenta tenía otras cuatro manos desnudándola ante la vista de la emperatriz, pero que no parecía siquiera importarle porque estaba prestando más atención al contenido de la bandeja. Ahora Kaida pudo verlo con mayor nitidez: unas cuantas varillas y un tarro de lo que parecía ser tinta negra. Miró desesperada a la emperatriz, que de espaldas a ella solo pudo ver el enorme dragón dorado bordado sobre su kimono.

-¿Sabías que Kaida significa dragón? -La emperatriz acarició con el índice una de las agujas y la sostuvo entre los dedos antes de dedicarle una sonrisa-. Ahora veremos si es verdad.

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En el subsuelo

Querido Diario:

Hoy es mi cumpleaños, el tercero que paso aquí abajo.

A veces siento que Echo de menos a mi familia. Espero que pudieran encontrar otro búnker, o al menos es lo que siempre me repito cuando me voy a dormir.

Han pasado tres años y todavía me despierto pensando que estoy en casa con ellos, pero el silencio y el sonido de las tuberías me dicen lo contrario.

*Por cierto, tengo que arreglar la cañería del desagüe del sector 3*

Mi hermano siempre ha tenido miedo a la oscuridad, ya estará muy grande espero así que seguro que ya se ha acostumbrado a que sea de noche todo el tiempo. A mí me costó, tengo que admitirlo, pero los ojos se hacen rápido a los túneles. ¿Será una mutación?

La radiación todavía sigue tras los muros de acero, eso dice la máquina, y las tareas de limpieza son lentas. MUY LENTAS. Creo que pasó casi un mes hasta que bajó solo un 0’001%.

No voy a salir nunca de aquí. No voy a salir viva de aquí.

Creo que me rindo No quiero rendirme. Sé que mi familia me estará esperando ahí fuera cuando se abra la compuerta, que volveremos a respirar aire puro sentados en la terraza de casa haciendo una barbacoa. A papá siempre se le quemaba la carne, aunque ahora mismo hecho de menos cualquier cosa que no esté enlatada. ¿Seguirán existiendo las barbacoas cuando salgamos?

7 de febrero de 2032

Lista de tareas:

  • Cambiar bujía del radiador central. Prioridad!!!
  • Recuento de comida (próximo domingo) *Cambiar lentejas de sitio*
  • Controlar nivel de agua y filtrado. Hecho!
  • No morir (Intentarlo al menos)
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Libre

-Recuerdo aún cómo corría como el viento. El sol en mi pelo, la tierra bajo mis pies.

La mujer se estremeció al recordarlo, mirando desde el otro lado de la calle hacia la glorieta donde se habían concentrado casi una decena de vehículos de la policía. Habían acordonado la fuente y varios periodistas ya estaban llegando al lugar. Un par de extranjeros estaban cerca haciendo fotos sin parar y un grupo de chavales hablaban a corrillo mirando sus pantallas de móvil.

-Ahora tenemos una nueva oportunidad -dijo su esposo todavía sujetándola de la mano.

-Aún no sé por qué. -Sus ojos seguían fijos en la fuente de mármol-. Ella sigue ahí.

-Con más motivo para marcharnos, mi amor.

Ella se giró, con el ceño fruncido y la mente confusa. Había pasado tantísimo tiempo que las súplicas de él y los años pidiéndole perdón había funcionado, pero se dio cuenta de que ahora era libre, libre de verdad.

-Ya no soy tu amor -dijo esbozando incluso una sonrisa-. No lo seré nunca más.

-Cariño, ¿qué estás…?

-No -le interrumpió ella, soltando su mano-. Tú lo has dicho. Tenemos una nueva oportunidad y esta vez no va a empezar con engaños. Averigua si quieres qué ha pasado o dónde están los demás, pero yo ahora soy libre y voy a seguir siéndolo cada día de mi vida.

La cara de su esposo era de total desconcierto y apenas le dio tiempo a reaccionar cuando se marchó entre las calles, sorteando a la gente que comenzaba a acercarse curiosa.

-¡Atalanta! ¡Atalanta, espera! -gritó sin mucho éxito.

El gentío que se reunía entorno a la fuente de Cibeles estaba más interesada en saber por qué habían desaparecido los dos leones que en una discusión de pareja, por lo que apenas le dejaron a él moverse del sitio. Mientras, ella se alejaba corriendo de nuevo como si la llevase el viento en un lugar nuevo que descubrir y que explorar.